"El rugby es una excusa", repite Matías Benítez, coordinador de Rugby Social de la Unión de Rugby del Uruguay (URU). "Adentro de la cancha, todos somos iguales. Se deja de lado el juicio, se trabaja el respeto, el compromiso, el esfuerzo. Nadie entra a flotar: se viene a entrenar, a comprometerse, a formar comunidad", agrega.
En un país donde la reincidencia delictiva supera el 70% —y trepa aún más entre los jóvenes—, un proyecto liderado por la Fundación Fénix y la Unión de Rugby del Uruguay alcanza resultados que desafían las estadísticas. A través del deporte, más específicamente del rugby, un grupo de voluntarios trabaja en cárceles para sembrar hábitos, valores y vínculos que resistan más allá del encierro.
La semilla de Rugby Social surgió en 2009 en el marco de un trabajo de impacto de Benitez para la universidad y desde entonces no ha parado de crecer. En esos entrenamientos dentro del sistema de cárceles, la pelota sirve como herramienta para canalizar frustraciones, generar vínculos sanos y construir nuevas referencias. "La primera vez que fui tenía miedo. Pero lo que vi me marcó para siempre: tantas historias, tanto potencial, y tan poca reacción del resto de la sociedad", cuenta.
Ese "resto de la sociedad" también es parte de la ecuación. La Fundación Fénix trabaja en paralelo para acompañar a las personas liberadas en su proceso de reinserción. Gonzalo Mieres, presidente de la organización, explica que los avances dentro de la cárcel —en disciplina, vínculos y salud mental— muchas veces se desmoronan al recuperar la libertad, especialmente por recaídas en el consumo. "Ahí vimos que no alcanzaba con el deporte. Empezamos a trabajar la formación integral: humana, laboral, emocional, espiritual. Nos enfocamos en los orígenes del problema, en los traumas no resueltos, y desde ahí comenzamos a ver cambios más sostenidos".
Con un equipo de más de 120 voluntarios y una casa de medio camino para los recién liberados, la fundación ha logrado reducir la reincidencia al 22% entre las personas que participan del programa. Pero el dato más potente está en los nombres propios: más de 25 personas hoy tienen trabajo formal, sin subsidios, compitiendo de igual a igual en el mercado laboral.
Ese dato interpela directamente al sector privado. Las empresas tienen un rol clave en ofrecer segundas oportunidades reales en una apuesta estratégica por el talento, la resiliencia y el impacto positivo. Contratar a una persona que egresó del programa no solo reduce costos sociales y delictivos: es también una manera concreta de generar valor desde el propósito.
"El rugby me educó", dice Benítez. "Es una herramienta para crecer. Y cuando ves que una persona que antes vivía en el delito hoy está trabajando, reencontrándose con su familia, aportando a la sociedad, sabés que valió la pena".
Para Mieres, este es su proyecto más transformador. "He emprendido muchas cosas, pero esto es lo más valioso. Porque estamos transformando vidas". Mieres destaca que la sostenibilidad también implica inclusión social, e iniciativas como esta prueban que las segundas oportunidades benefician a todos. "Si nos olvidamos de una parte de la sociedad y la dejamos de un lado, después vamos a encontrarnos con un problema cada vez más grande", concluye el presidente de la Fundación Fénix.